Afuera ya no llueve, pero un viento helado te golpea la cara y entorpece tu andar —de por sí difícil entre tantos charcos y lagunas de barro—. Tratás de no mirar hacia la parrilla, no querés averiguar si te persiguen o no. La luna empieza a abrirse paso entre los nubarrones, pero todavía se respira la humedad en el aire.
El micro está exactamente donde lo recordabas y no hay rastros del reemplazo que el conductor había prometido. A medida que te acercás, notás un cambio en los tripulantes: se dan vuelta para mirarte y empiezan a golpear las ventanillas y a gritar, pero los vidrios herméticamente cerrados impiden que distingas las palabras. Algo te agarra del tobillo y de un tirón te hace caer al barro, y te arrastra en dirección al restaurante. Lo último que ves antes de perder el conocimiento es a un hombre manchado de sangre que te golpea en el pómulo con un mazo de ablandar carne.
Despertate acá.
El micro está exactamente donde lo recordabas y no hay rastros del reemplazo que el conductor había prometido. A medida que te acercás, notás un cambio en los tripulantes: se dan vuelta para mirarte y empiezan a golpear las ventanillas y a gritar, pero los vidrios herméticamente cerrados impiden que distingas las palabras. Algo te agarra del tobillo y de un tirón te hace caer al barro, y te arrastra en dirección al restaurante. Lo último que ves antes de perder el conocimiento es a un hombre manchado de sangre que te golpea en el pómulo con un mazo de ablandar carne.
Despertate acá.