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Estirás el brazo hasta el velador, pero la pantalla opaca y polvorienta no colabora demasiado con la iluminación del cuarto.

Por más que te esfuerces, ya no podés escuchar el sonido que te había despabilado. Pensás que tal vez tu oído se agudice en la oscuridad, pero no querés volver a quedarte en penumbras en ese lugar.

Suponiendo que va a tranquilizarte, te incorporás en la cama y acercás tu oreja a la pared, apoyando las manos en el empapelado húmedo y frío. El eco vacío y uniforme que te devuelve te transporta en un déjà vu brevísimo hacia la infantil búsqueda del "sonido del mar" encerrado en una caracola (seguramente el olor a humedad ayude), pero en un segundo estás de vuelta en el hotel. Enojada por tu paranoia, te separás lo suficiente de la pared como para notar una cosa: el empapelado que recubre ese lado de la habitación es más nuevo que el del resto de las paredes. Es más, podés distinguir cómo el borde sobresale, pésimamente pegado y lleno de burbujas de aire, donde termina la cabecera de la cama. Te resultan irresistibles las ganas de despegarlo, como les pasa a todas las personas en su sano juicio con la cascarita seca de una lastimadura superficial. Algo te dice que nadie va a notar la diferencia si después lo estirás más o menos.

Sin dar vueltas, empezás a tirar.



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